Una educación
Esta es mi última lectura de 2018 y además de la última ha sido la mejor de todo el año.
Quizás porque mi vida diaria gira en torno a la educación y la formación y diariamente veo adolescentes que en ocasiones no aprovechan la oportunidad que la vida les brinda de poder estudiar, me emociona aún más el fondo de esta novela. También veo gente que no ha perdido la perspectiva, que sabe por propia experiencia que la formación a veces se aleja mucho de ser ese derecho universal que debería ser y para la que supone un lujo difícil de alcanzar.
En esta novela biográfica, Tara Westover narra su propia historia en primera persona. La historia de una niña, la menor de siete hermanos, que creció en las montañas de Idaho en el seno de una familia mormona. Hasta aquí todo puede parecer normal (teniendo en cuenta el alto número de mormones en Idaho, Utah y estados próximos), si no fuera por el carácter dictatorial y el fundamentalismo religioso de su padre.
Este fundamentalismo lo llevó a aislar a su familia de cualquier tipo de relación con las instituciones del gobierno: los privó no solo de poder guardar las más básicas normas de higiene sino también de recibir asistencia sanitaria y, por increíble que parezca, de recibir una educación reglada.

Párrafos como el que os pongo a continuación se suceden por todo el libro dejando patente el fanatismo y obstinación del padre, al que inevitablemente se acaba detestando.
Una de las cosas que me sobrecogió, fue la capacidad de superación de la autora, que se preparó a sí misma haciendo frente no solo a lo difícil de estudiar un examen de acceso a la universidad mediante el autoaprendizaje, sino haciéndolo a escondidas, en contra de la voluntad de sus padres, incluso de alguno de sus hermanos, luchando contra viento y marea para conseguir su objetivo, siendo (porque no decirlo) víctima de unos evidentes malos tratos psíquicos y físicos.
Pero sí traspuso Tara ese portalón, ese y el de la universidad de Cambridge. Traspuso la entrada del Trinity College donde el mismísimo Isaac Newton descubrió la velocidad de la luz. Y llegó incluso a graduarse en Harvard.
Este camino desde el más estricto aislamiento hasta la consecución de su objetivo, obtener una educación, es un camino que el lector debe recorrer con ella pero no puedo dejar de mencionar una de las partes que más me enterneció, la parte en la que se narran las primeras veces que la protagonista pisa un aula. En sus primeras clases en la universidad, tiene que lidiar no solo con la sensación de ir mal vestida (incluso mal aseada) sino con la agonía de ir descubriendo su ignorancia.
La falta absoluta de información le hace incluso preguntar por un concepto que no llegaba a entender, nada menos que la palabra «holocausto». Según una entrevista concedida por la autora, sus compañeros la tomaron como una especie de xenófoba, pero la sensación de vergüenza y su desasosiego tras descubrir lo que significaba el término, lejos de apartarla de su camino hizo que su hambre de conocimiento fuera aún más voraz.
De este libro me quedo con dos claros mensajes: el primero es la importancia de la educación, la formación y el conocimiento. El segundo es la clara desventaja de la que parten los hijos de familias con obsesiones religiosas, fanatismos ridículos, prejuicios y esquemas mentales anacrónicos, que no hacen otra cosa que entorpecer la evolución de sus hijos y medrar su libertad, convirtiéndolos en esclavos mentales.
Tara, dotada probablemente de un coeficiente intelectual muy superior al de la media, fue capaz como ella misma menciona en el libro de emanciparse de la esclavitud mental a la que estaba sometida.
Mi intención es recomendar libros que merezca la pena leer, este es uno de ellos, no tengo ninguna duda, ¡Léelo!
Publicación anterior
Publicación siguiente