Los jardines del presidente
Podría decir que esta novela me ha sacado de «mi zona de confort lectora» no solo por diferente sino porque impele a la reflexión, me ha enseñado mucho sobre Irak, sobre sus gentes y costumbres y además es bastante entretenida, dentro de la extrema dureza de sus páginas.
El libro es una sucesión de momentos amargos y crudos y no es para menos teniendo en cuenta que recorre la historia de Irak en sus últimos cincuenta años. Cincuenta años repletos de cruentas guerras, empezando por la guerra con Irán, pasando por la guerra del golfo tras la invasión de Kuwait, hasta la invasión de Irak por parte de una alianza de naciones encabezada por Estados Unidos.
La historia se cuenta desde el prisma de tres inseparables amigos de la infancia Tarek, Abdulá Kafka e Ibrahim, criados en un entorno rural en el que viven felices hasta que se van sucediendo los diferentes acontecimientos en sus vidas, intrínsecamente unidos a los acontecimientos del propio país. Uno de ellos sufre las torturas de la república islámica de Irán, otro será mutilado en la guerra de Kuwait… en definitiva los protagonistas sufren en sus carnes los horrores de la guerra y la sinrazón del régimen dictatorial de Sadam Huseim.
El punto de inflexión lo encontramos cuando Ibrahim encuentra un empleo en Bagdad en los jardines del presidente. Su estancia en el palacio le llevará a conocer la opulencia del régimen de Sadam pero sobre todo a conocer de cerca la más absoluta crueldad, con la que tuvo que aprender a convivir para ganarse el sueldo.
En este punto de la novela el autor cuenta los sucesos de la invasión de Irak en 2003 por una alianza de naciones internacional. Esta es una parte de la historia que ya recuerdo haber vivido: recuerdo el ‘No a la Guerra’, recuerdo la participación española, la afirmación de que encontrarían armas de destrucción masiva y recuerdo el derrocamiento de Sadam Husein.
Muchas veces los medios nos ofrecen de forma mecánica imágenes de las gentes de determinados países sufriendo los zarpazos de la guerra. Mi impresión es que sobre todo cuando se trata de países con un pasado bélico importante no somos capaces de empatizar con su sufrimiento. Parece que esa gente debiera estar acostumbrada a la muerte, a la pérdida de seres queridos, a las bombas o a la sangre. Cuando indicaba al principio del post que este libro me ha invitado a reflexionar, me refería sobre todo a este aspecto: poder leer la historia contada desde el enfoque de las víctimas (la novela está basada en historias reales), me ha hecho pensar en ellos de forma mucho más cercana.
Para mí no había hasta el momento mayor paradigma de la opresión y del genocidio que lo sucedido en Alemania con Hitler. Es evidente que los muertos a mano del Tercer Reich se contaban por millones (aunque según he podido leer Stalin y Mao Zedong tienen el repugnante récord en muertos a manos de su régimen) y que el número de muertos del régimen de Sadam Husein fue menor, pero la crudeza del genocidio Kurdo o las torturas a las que sometía a sus gentes me han sobrecogido tanto o más que las atrocidades de los anteriormente mencionados.
La novela termina en 2006, tras el derrocamiento de Sadam, y pareciera que al cerrar la última página se cerrara la historia de horror de Irak. Sin embargo nunca fue así, la calma y la paz no consiguen posarse en Irak, menos ahora que ha aparecido en escena el Estado Islámico y después de acabar con la vida de miles de civiles tiene aterrorizados a los iraquíes (entre otros).
El autor Muhsin Al-Ramli, merece una mención para aquellos que como en mi caso no lo conozcáis. Se trata de uno de los más prestigiosos escritores de Irak aunque lleva años residiendo en Madrid. Nadie mejor que él, exiliado del país y perseguido por el régimen puede apuntalar la historia que cuenta. Su hermano, Hassan Mutlak (el conocido como Lorca Iraquí) fue ahorcado por el régimen de Sadam en 1990.
Es una historia difícil, pero merece la pena leerla, no es solo una historia de muerte, es sobretodo una historia de amor y de amistad.
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